
¿Qué es la Narración Oral?
15/01/2022
La vida es un cuento
16/01/2022Hace 23 años, en 1998, estando en Salamanca terminando mi carrera como historiador del Arte, me encontraba apunto de parir una revista de pensamiento y cultura que vino a llamarse BIOrritMOS. En el primer número los que habíamos colaborado en su creación nos comprometimos a participar con algún artículo. Yo asumí rápidamente ese compromiso antes incluso de considerar en que podía consistir mi colaboración. Nunca he tenido miedo a eso de salir de mi zona de confort pero aquello se fue convirtiendo en una losa cada vez más pesada según pasaban los días. Mi musa, en caso de contar con alguna, debía estar de vacaciones o tonteando con algún artista adolescente como el de Joyce pero estaba claro que en cualquier caso estaba ausente. En la última tarde con la que contaba para poder escribir algo, dando vueltas (cual león enjaulado) por la habitación, mi novia acertó a decir: “porque no te limitas a escribir sobre algo que tengas ganas de decir”. De repente se hizo la luz. Lo tuve clarísimo.
Por aquel entonces, llevaba años en Salamanca, y alrededores (Valladolid, León, Orense, Madrid, Oviedo…) actuando y formado a nuevos narradores, ya había creado Las Mil y Una Noches de Tertulia, que finalmente se transformó en El Café del Cuento en el mítico Corrillo, y pese a todo eso (tras aquella sugerencia de Mayra) descubrí que había algo en mi interior que me intranquilizaba y que necesitaba compartir tanto con mis alumnos como con el público que nos seguía semana tras semana. Así surgió este artículo que os comparto y que titule “Invitación de boda”.
Espero que en esta ocasión se entienda como una declaración de intenciones y ayude a iluminar, cual faro, el camino de los nuevos narradores que se embarquen en esta nueva aventura que hemos venido a llamar “El Laboratorio del Cuento”.
¿Saben ustedes qué es vivir sin miedo? Imagínense un escenario vacío, un espacio más o menos ancho, más o menos largo y más o menos alto que deberán ocupar mientras dure este artículo. En ese espacio se verán grandes o pequeños, pero sentirán, al fin y al cabo, que éste, por exceso o por defecto, no les pertenece.
¿Lo han imaginado ya? Bueno, les espero.
Ahora entiendan que todos esos rostros que los miran ávidos no son casuales, esperan algo de ustedes. Unos más, otros menos, han oído hablar de ustedes: un tal que cuenta cuentos (término inapropiado en esta ocasión como verán más adelante).
En ese momento sólo ustedes saben que su intención es otra y al terminar puede que pocos lo hayan descubierto. En realidad, pretenden hablar. Nadie hace eso, todos dan, pero nadie invita. Ustedes desean invitar, invitar a encontrarse.
Por lo tanto, se verán obligados a ser ustedes. No se escondan, no interpreten que son otros en otro tiempo y en otro espacio distinto al que es, el del público. Porque, no lo olviden, ustedes quieren seguir siendo ustedes.
El mundo es relación, la vida es relación… y quieren vivir en todos los presentes por unos minutos. Han de conseguir ser uno con los presentes, y por supuesto habrán de serlo antes con el tiempo, el espacio, las palabras y las historias de las que se sirvan y, ante todo, serán uno con ustedes mismos.
Ya en ese escenario contraigan el riesgo de modelar la ficción frente a esos ojos e intenten convencerles de que sólo es una excusa que, en realidad, sólo quieren no esconderse, y entregarse a ellos para que los devoren y puedan salir llevándolos en sus estómagos como una bomba de relojería que no les permitirá ser de nuevo los mismos.
Habrán de descubrirles qué esconde cada objeto que habita este lugar, qué puede llegar a ser en sus manos, en su imaginación; cómo una silla puede llegar a ser un caballo, o cómo una cuerda puede ayudar a volar. Deberán recordar cómo en otras ocasiones han convocado en este u otros lugares los fantasmas que pueblan la imaginación, cómo se esconden tras de cada sombra o esquina del local, y deberán saber desvelar los frente a cientos de ojos atónitos.
Pero para ello, no violenten el medio. Contraigan lo, desgarren lo, acaricien lo o escupan lo, pero, por favor, jamás lo violenten. Permitan que comulguen de ustedes sugiriendo que descubran en sí qué son y qué han de hacer, y que eso no es otra cosa que ser sin miedo. Que ustedes sólo van a despertar lo que todos ya saben, pero no se atreven a decir: que vivir no es otra cosa que conseguir ser una conciencia única, por repulsa o por simpatía, pero entrar en contacto.
Y cuando conozcan cómo abriga ese estado en que no hay tiempo, díganme ¿en qué se queda acaso el miedo, cuando nada se teme porque nada se quiere, porque todo se tiene, porque uno es todo?
No podrán dejar lo que acaban de encontrar. Deberán seguir siendo ustedes con «eso» al bajar del escenario. Y no olviden que jamás podrá ser de otra manera.
Ahora comprenderán por qué odio que me llamen cuentacuentos.
BIOrritMOS. Núm. 1, Pág. 9, 1998




