
La vida es un cuento
16/01/2022
Espacio Escénico
11/09/2022Hace años que tengo esta reflexión siempre abierta.
Cada vez que cuento un cuento, ya sea en casa, ya sea a hijas e hijos de amistades, a otras personas adultas en un ámbito privado o por el contrario, como parte de mi trabajo, en un escenario, biblioteca, colegio, etc.
Siempre tengo el ojo abierto. Noto que hay algo que se activa, que cambia en mí, igual que sudamos ante el calor o se nos agita el corazón con el ejercicio.
Al contar cuentos a mi cuerpo, es decir, a mi me pasa algo.
Lo que sucede al inicio de contar el cuento es lo más variable. Puedo llegar a ese momento desde diferentes estados de ánimo y grados de energía. Cansado de todo el día, nervioso o con la cabeza en otro sitio. Entonces el cuento sirve de rampa, de cuesta abajo por la que me deslizo sin esfuerzo. Es decir, el cuento aquí va sólo. Una cinta transportadora de palabras, un artefacto que va de forma autónoma. El principio de un cuento es la puerta hacia otro lugar, y se cruza sola, sólo hay que seguir. No hay demasiadas decisiones que tomar, sólo narrar el cuento. Si es un buen cuento, en este principio no debe haber nada más que lugares, personajes y pistas… Pero aún ninguna pregunta y ninguna respuesta.
Se sabe cuando uno ha cruzado esa puerta que no depende tanto de la estructura del cuento como de este “qué me pasa a mi” en el que me estoy tratando de explicar. Ya estoy dentro. El cuento me ha comido. Estoy en su estómago y no hay escape. Ni quiero escapar. En ese momento deja de tener importancia el exterior. Ese ruido del vecino que molestaba. Ese foco en la cara. O esas dudas respecto a esa persona en la tercera fila del público que parece no estar disfrutando tanto. En este punto, somos el cuento y yo siendo imparablemente compartidos con esa otra presencia que le da sentido a todo.
Este estado. Esta sensación toma el grueso del cuento. Es la ola del surfero. Ha habido preparación, espera, decisión, un arranque… todo por este “hype”. Este es el hecho narrativo que no deja de estar presente en la realidad humana por más tecnología que haya. Es el enganche emocional. Es la electricidad entre dos polos. Emisor/a y receptor/a generan un lazo eléctrico que depende de la presencia de ambos, de la distancia entre ambos, de la fuerza de su atención en la otra. Y, como ese rayo eléctrico entre los dos polos, no es una línea recta. Es una oscilación que varía. El cuento en su narración tendrá momentos de mayor intensidad, otros de baja emoción pero fuerte peso de información importante para la próxima subida y así todo el tiempo. Volviendo al surfero. Controlar la tabla, desde la plena consciencia hasta el movimiento automático del dedo pequeño del pié, todo suma y pasa de una manera orgánica. (esta palabra estará muy presente en el laboratorio).
Antes de salir de la ola, instantes antes. Cuando ya se sabe que se está terminando, se empieza a pensar en la salida. En la bajada. Se analiza en décimas de segundo todo lo que ha pasado. Somos un ordenador potentísimo que analiza datos en milésimas de segundos. ¿Qué pulso ha tomado el cuento? ¿Qué tiempo ha tomado este “trance”? ¿Dónde está mi audiencia en este momento? Todo eso pasa por nuestra cabeza sólo con que abramos la puerta a la permeabilidad para tomar la decisión correcta de cara al cierre:
A veces lo mejor es un portazo. Tanto si el cuento ha ido “de diez” o si nos ha picado como la etiqueta de una camiseta nueva, salir del trance y retomar el pulso ferroviario del principio pero a la inversa. Dejar que las palabras, muy posiblemente fórmulas cerradas, nos acompañen en la progresiva desaceleración de las emociones. Salir del túnel de ficción en el que hemos estado para aterrizar de nuevo en realidad, suavemente.
Tanto metidos en la cama contando cuentos para dormir, como en un espectáculo, lo más probable es que tras esta montaña rusa venga otra. Es el momento de respirar, mirar a los ojos y comenzar de nuevo:
“había una vez….”


